La vida desde una buseta

Era una buseta de las tantas que cruzan la ciudad y venia desbaratándose por la velocidad, levanté mi mano para que se detuviera, una pequeña pieza de su estructura rodó por el asfalto hasta mis pies.

 

Me subí trastabillando, el chofer, con una camisa que alguna vez fue blanca y con el nudo de la corbata ya deshecho, arrancó antes que entrara por completo y salpicándome con gotas de saliva gruñó: ¡El pasaje!. Supuse que su rabiosa actitud se debía a que anochecía y estaría cansado del diario trajín, así que le entregué el dinero sin protestar y me acomodé en un asiento. Iban unas pocas personas e intente dormir un rato, aun quedaba un largo trayecto.

 

Se ocuparon los asientos disponibles rapidamente, simulé dormir para llegar sentado al final del viaje, pero los codazos, los jalones y la presión de los cuerpos me importunaban, así que a la primera viejita que se subió, le cedí mi asiento.

 

En una buseta o un bus aunque no se quiera ser mirón uno se asoma en la vida de otros, conoce sus modos y hábitos. Observa la diversidad de seres humanos que nos amontonamos en una ciudad. Durante el trayecto nos enteramos de sus pesares y alegrías, sus manías, sus fantasías, rarezas, caprichos, encanto; pero difícilmente volvemos a verles, y si sucede, rara vez recordamos sus rostros.

 

Parado en medio del pasillo, se pueden ver las maneras de la mayoría de los viajeros. Están los que escuchan cada conversación y a cada rato estiran su cuello o lo retuercen para ver de donde viene esa conversa a la que no le han perdido el hilo. Otros cuyos ojos se ven como los de las caricaturas cuando tratan de estirarlos para leer el periódico del vecino o mirar el escote de la señorita de al lado. 

Te aferras a lo que sea para no caerte, un reggaetón o un vallenato suena a todo volumen y se tiene que gritar fuerte para que te dejen en la parada. Sube más gente, el chofer insiste que en el pasillo hay espacio, pero ya la buseta va repleta, tratas de ubicar a alguien que muestre señales de querer bajarse y ocupar su asiento, pero ello requiere además de suerte, ser observador. 

Los que van leyendo, los que duermen de verdad o los enamorados besuqueándose, no se bajarán si no en las últimas paradas. Los que estiran su cabeza para ver por donde van o los que están sentados con sus ojos a medio cerrar, abriéndolos de vez en cuando, puede que bajen, pero generalmente las mujeres que se miran en un espejo y retocan su maquillaje, se bajan pronto y hay que tratar de acercarse a su asiento.

 

El centro de Barquisimeto está intransitable, se toman vías alternativas pero siempre hay cola. Se avanza apenas unos metros, hay desespero y cambios de humor. El carro va tan abarrotado que respirar se hace difícil. Empiezan la descortesía y las malas caras. Algunos se bajan dando empujones, se escuchan insultos y cornetazos, suben y bajan vendedores de golosinas que las colocan en tus manos aunque no quieras y pedigüeños que advierten que es mejor pedir que tomar un arma y asaltarnos.

 

No queda otra cosa que mirar la vida que se hace lenta. El chofer del carro de al lado se escarba la nariz mientras un mendigo le pide monedas, los buhoneros recogen sus tarantines mientras piropean lujuriosamente a las mujeres bonitas, los adolescentes pasan con audífonos con música taladrándole los tímpanos, una pareja discute en su carro o regaña a los niños en el asiento trasero. La cola se desenreda poco a poco y seguimos avanzando.

 

Nos movemos lento, se siente cada vuelta del caucho, cada centímetro de asfalto, los que viajan en buseta reconocen cada lugar de la ciudad con los ojos cerrados, por las veces que se suben a ellas, están grabados en su mente los itinerarios, el olor que emanan las calles que transitan, los ruidos de las esquinas, la lentitud del viaje. Reconoces los rostros de vendedores, de pedigüeños, hasta de asaltantes. Sabes sus discursos con los ojos cerrados, los repites de memoria, te haces inmune, te haces insensible y no crees en nadie.

 

En una buseta se nace y se muere. Se nace cuando sales vivo de milagro, las busetas son como los telecajeros de los delincuentes y en cualquier trance delictivo se puede ser blanco de una bala. En estos carros existe una jerga propia, todos conocemos la frase “no enriquece ni empobrece a nadie”, los que viajan en ellas se mezclan con otros que no conocen y aprenden a convivir con ellos aunque no los vuelvan a ver nunca. Todos tenemos en común que queremos llegar a algo. El viaje termina. Llegar a casa es un alivio.

Advertisement

Una respuesta hacia “La vida desde una buseta”

  1. Hola… tu articulo es muy interesante, me veo en el asiento donde la chica se esta maquillando. Yo hago eso todos los dias. En el instante que estaba leyendo mi mente me traslado a esa buseta.. te Felicito eres un buen escritor.

Deja un comentario

Fill in your details below or click an icon to log in:

Logo de WordPress.com

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Cambiar )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Cambiar )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Cambiar )

Connecting to %s

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.